Recuerdo la última vez que volví a mirar a la primera vez. Vestía de negro y yo estaba enfundada en una pijama de invierno manta. Era nuestra quinta despedida definitiva. Yo no dejaba de contar los días que hacía que no la veía hasta que le volví a ver, entonces volvía a empezar. Nunca me salían las cuentas, nunca salía de mi cabeza. Fueron dos años y medio de destrucción masiva, ella era una mina antipersonas y yo vaciaba el plomo de mis pies en su cuerpo. Nos queríamos a matar. Ciento ochenta y tres noches después me dejó entre dos paredes mentales. Me mató. Ni siquiera sabía por qué, pero así lo hizo. Consiguió abrirme en canal, engancharme, logró mi dependencia emocional de sus muñecas, firmé la orden de alejamiento pero con una condición, que no se fuese nunca. Y así fue. Así se fue. Aún recuerdo el libro que quería escribir sobre ella desde un cuarto, empecé por el final y nunca terminé de empezarlo.
Ya jamás quiero volver a su lado. Ya jamás quiero volver a vivir su pérdida.
Alejandra Saiz.
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