lunes, 14 de abril de 2014

BORRADOR.

Me he encontrado con eso de que ciertos planes no funcionan cuando los planeas a destiempo, con rapidez y sin descaro alguno.
Por eso he dejado de escribirte.
Pero también me he encontrado con que las noches son perfectas para hacerlo. Escribir. Pero yo no te escribo, te pienso muy fuerte aún y de vez en cuando hasta parece que estás aquí.
Tienes que saber que esta es la primera noche que te escribo después de varias semanas. Hoy, simplemente mis manos querían ofrecerte una danza y vaya, cómo han extrañado eso de bailar con la pluma para escribir tu nombre.
¿Has visto la luna esta noche? Es hermosa. La luna que estoy viendo hoy es llamada “luna sangrienta”: la luna se convierte en sangre mientras se alinea con la tierra y el sol.
Qué curioso.
En este momento estoy deseando que la veas, no importa que sea con alguna otra persona que no sea yo -¡porque qué descaro tiene el destino!- y claro, tengo que confesarte que en cuanto la vi, lo primero que se me vino a la mente, fuiste tú. No sé si por lo bella que está o por las ganas de verla contigo. O las ganas de la luna por vernos juntas y por eso sangra. O yo. O las dos.
¿Sabes? Si pudiera contar, te contaría. Les diría a las personas en alguna media calle que los cuentos no existen, pero que existes tú. Que ni siquiera sabemos si existe un final, que quizás tú lo ves pasar, que quizás yo lo veo pasar, y que jamás me había imaginado una arma tan fuerte como mis manos. Con eso de que me ayudan a tocarte, a escribirte, y claro, a tapar mis ojos cuando el final de vez en cuando pasa a mi lado, casi, muy cerca. Kathy, algunas realidades no merecen ser vistas. Quizás.
También he encontrado eso de que no eres sólo “mi única”, también la de los demás. Qué raro sería si no fuera así. Me da gusto que conozcas personas y que hagan que te conozcan a ti. Porque es mágico eso de aprender a conocerte.

Eres el insomnio de tantos que parece que el fin del mundo no era como los mayas predecían. Su nombre, en definitiva, es Kathy. Pero nadie sabe eso. Ellos solo te conocen, tu físico, tu forma de reír, tu manera de mirar, los lentes que te pones sobre la cabeza o la manera tan peculiar que tienes de tocar. Y eso es solo poca de las cosas que quizás ellos ya vieron y que son suficientes para no dormir en mil días, sin contar.
Yo podría describirte, dulce, como alguna canción de Neil Diamond (…)

¡QUÉ DIGO! Ojalá pudiera dejarte ir.