miércoles, 25 de febrero de 2015

Carta de despedida número 201.


Me sobran y me faltan palabras para poder explicarte -de nuevo- los daños que ha causado esta inexplicable tormenta. A ti te faltan oídos para que me escuches y una boca para que me hables. Y explicaciones. Y una lista de por qués. Me sobra audiencia para decirles que ninguna de las dos tuvo la culpa. Que una siempre quiso y la otra de vez en cuando -sobre todo, cuando las cosas iban bien-. Pero que tuvimos nuestro momento. Y que probablemente fueron tantas las palabras que nos dimos -o, las que realmente merecíamos- que estallamos como dos planetas que no (re)quieren estar juntos.
Nos faltaron historias por contarnos viendonos directamente a los ojos. Nos faltaron caricias y besos, muchos besos. Me faltó besarte las piernas. A ti te faltó no irte demasiado. Me faltó besarte los ojos. A ti no ignorarme demasiado. Me faltó abrazarte por la espalda. A ti, no quitarme las manos de encima. Me faltó besarte en la frente. A ti, mirar bien.
Pero supongo que eso pasa cuando las personas no logran hacer un buen equipo. Cuando no saben cómo trabajar juntos. Cuando una hace el trabajo por la otra. Y, como diría Julio Cortázar, "el amor no me sirve de puente, porque un puente no se sostiene de un solo lado."
Pero ya verás cómo nos la arreglamos, o me las arreglo yo sola. Porque sigo escribiendo que hubo un nosotras, cuando lo que hubo fueron peleas, y miedos, y ruegos, y un "quédate" erroneo, porque para ser sinceras, nunca estuvimos. Y que, ya sé que en lugar de estar tratando que mis miedos, mis inseguridades y mis llantos se vayan, creo que lo que debería hacer es irme yo. Pero supongo que no me cabe en ninguna cabeza tal idea.
Así que lo que haré, no es irme. Me quedaré. Conmigo misma. Mientras veo tu espalda. Y solo espero que las personas tengan razón. Que el mundo sea tan redondo como dicen, y que, si somos suertudas, podremos cambiar de opinión y tú llegues a mí siendo la Kathy del primer día y quizá yo, siendo la Verónica de siempre. Pero esta vez, alguien que no espera nada de nadie y que en cambio esté consciente que las mejores pruebas de amor no son las palabras, si no las acciones.

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